31 marzo 2006

:)



Y mi cuento empieza... ¡ya!

25 marzo 2006

El ojo de la cerradura



Hacía días que no sabía nada de ella. Como si se la hubiese tragado la tierra había desaparecido de mi vida, de mi tiempo, de mi cabeza y de mi cama. Simplemente no estaba y a mí no me había costado lo más mínimo olvidarla. Las madrugadas me despertaban igual sin su espalda desnuda tumbada a mi lado. El sofá me admitía sin la credencial de sus piernas sobre mis rodillas. Mis manos sabían moverse más allá de su piel… Amar lo que se ha perdido y no echarlo de menos me parecía desconcertante, pero me gustase o no, así era como sucedía. Me levantaba y ningún ronroneo somnoliento me sonaba a buenos días y, sin embargo, era capaz de calzarme las zapatillas y meterme en la ducha. Era capaz de fingir tan bien que mi vida continuaba siendo la misma que terminé por creerlo.

Aquel día empezaba como cualquier otro tras su marcha, con un despertador quejándose en la mesita de noche y un sabor amargo a aburrimiento en la boca. Me masturbé mientras me duchaba. Después de un intenso orgasmo tras una mampara empañada de rutina me vestí tranquilamente y puse la cafetera en funcionamiento en la cocina. Mientras el café borboteaba a mí me latía aún la entrepierna. Me senté a la mesa con la taza delante. Estaba deseando volver a masturbarme así que, disfrutando de las ausencias culpabilizantes, introduje mi mano por debajo del pantalón y volví a hacerlo. Cuando estaba a punto de correrme oí girar las llaves en la cerradura de la puerta. Su perfume viajó por el pasillo y atravesó mi nariz en busca del cerebro, donde había pasado incrustado más de cuatro años de mi vida. Detrás de aquel olor apareció. Era ella, la misma que perdió su hueco en mi reloj. La misma que sólo necesitó colarse en mi cocina para volverlo a pedir con su aroma.

Miró por debajo de la mesa: yo aún tenía la mano debajo del pantalón. Era momento de enrojecerse y reprochar una visita inoportuna, supongo, pero lo cierto es que sólo tuve ganas de besarla, de hacer el amor con ella. Encima de la mesa o en el suelo, en el pasillo o en la cama, en el balcón o en la casa del vecino. No hace falta decir que sólo sé apostar para perder. Qué más da si fueron cuatro años o mil, qué más da si dejamos crecer las semanas entre nosotros. Lo único seguro era que allí y en ese preciso momento volvíamos a estar las dos. Yo con una mano metida en las bragas y ella con una frase de perdón asomada en los labios. Para qué darle tiempo a pronunciarla si yo no quería oírla sino arrancársela a mordiscos de la boca. Me levanté y me acerqué para besarla. Ella me humedeció los labios con la lengua lentamente y reemplazó mi mano con la suya en mis pantalones. Sostuve su rostro entre mis manos, sonreí y la volví a besar. Busqué sus pechos, lamí su cuello y la empujé contra la pared. Fuimos escurriéndonos hasta el suelo y allí nos acariciamos el alma y nos arañamos la piel. La desnudé y me dejé desnudar. Me mojé los dedos de ella y le pinté un suspiro en el vientre, la bebí, la saboreé, la extendí por mi piel y la dejé acariciarme las ganas y agotármelas. Después, tendida en el suelo de la cocina, le susurré al oído por última vez: no te vayas.

(Foto: Imogen Cunningham)